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El Moncayo es, con sus 2.315 metros de altura, la máxima elevación del Sistema Ibérico. En efecto, si nos fijamos en la latitud en que se encuentra el macizo cabría encuadrarlo en plena región mediterránea, cuya característica principal es la de presentar un clima con un acusado período de sequía estival al coincidir en el verano las máximas temperaturas con las mínimas precipitaciones. La vegetación mediterránea, en consecuencia, está dominada por plantas adaptadas para soportar este "stress" hídrico anual. Sin embargo, debido a su altitud y, sobre todo, a su privilegiada
situación, el Moncayo intercepta buena parte de los frentes nubosos que,
procedentes del Atlántico, se encauzan por el valle del Ebro. Esta
circunstancia, conduce a la descarga de generosas precipitaciones en el
macizo que goza así de un microclima especialmente húmedo. Como reflejo
del mismo aparecen formaciones vegetales propias de los climas más
templados y lluviosos del norte de España y centroeuropa. Por todo ello,
el Moncayo es, en buena medida, una “isla atlántica” enclavada en un
ambiente natural mediterráneo. El Parque natural Dehesa del Moncayo establecido por Real Decreto de 27 de octubre de 1978, tiene como principal finalidad la salvaguarda de estos recursos naturales de elevado valor paisajístico y ecológico. Conscientes de que para apreciar este valor es necesario primero aprender a conocer las características de la vegetación, iniciaremos a continuación un recorrido ascendente por las laderas del Moncayo deteniéndonos a describir las especies más típicas de sus ricas formaciones vegetales. Iniciaremos nuestra excursión por la misma base del Moncayo. Aquí,
en las colinas que rodean las feraces vegas del Huecha o del Queiles,
encontramos una vegetación rala dominada por matorrales mediterráneos. El
frío es intenso en el invierno, aunque no tanto como en las cimas de la
montaña. El calor, en contraste, es sofocante durante el largo verano. El
suelo, en general, es muy escaso, devorado por una erosión hija de siglos
de sobrepastoreo, cortas e incendios. La cubierta vegetal, en estas condiciones, está compuesta por
plantas que consiguen resistir estas limitaciones y cumplen a la vez un
importantísimo papel de freno de la erosión.
El
enebro de la miera o cada (Juniperus oxycedrus) es otro
arbusto o arbolillo que se presenta sobre los suelos secos y poco
profundos de antiguos encinares degradados por la acción humana. Sus hojas
se adaptan al Próximo pariente del enebro es la sabina negral (Juniperus
phoenicea). arbolillo generalmente aislado que se distingue bien por sus
diminutas hojitas en forma de escamas, siempre verdes y pegadas al
tallo. Sus conos son también rojizos y como las anteriores se adapta a los
climas secos, con fuertes heladas y
precipitaciones bajas e irregulares. Extendidos
por doquier en estas monterizas degradadas, aparecen los romeros
(Rosmarinus officinalis), arbustos siempre verdes cuyas vistosas flores
azules se pueden ver casi todo el año. Los apicultores. sabedores del
valor de su néctar para las abejas, elaboran De proporciones más humildes es el pequeño tomillo
(Thymus) cuyas matillas se agarran con fuerza a los resecos
sustratos impregnando la atmósfera con su fuerte aroma. En realidad, este
agradable olor nos da la pista sobre La lavanda o espliego (Lavándula spica) es otra
de estas plantas aromáticas y apícolas. Sus hojas y flores, tomados en
infusión, tienen diversas aplicaciones medicinales
como las de antiséptica y antiespasmódica. En nuestro breve paseo por estos ambientes, raro será que no
sintamos en el calcetín el roce punzante de las espinas de la
aliaga (Genista scorpios). Este incómodo arbusto de Por último, citaremos a la jara o estepa (Cistus albidus), fácil de identificar por sus grandes flores rosadas y sus hojas pelosas y de un color verde blanquecino. Como el resto de las especies que hemos visto, la jara forma parte de lo que los botánicos llaman la ‘serie de degradación” de los primitivos bosques de encina.
Aunque en reducida superficie, aún es posible encontrar en el
somontano del La carrasca o encina (Quercus rotundifolia) es la especie
que domina y da carácter a la formación. Su porte, originalmente arbóreo,
ha pasado a ser el de un enmarañado arbusto con multitud de troncos
saliendo de una base común. Este aspecto de monte bajo” en realidad nos
refleja las cortas, que de forma periódica y ordenada, se realizan para
aprovechar su magnífica leña. Sus nutritivas bellotas y ramones
constituyen, además, un importante recurso forrajero para la ganadería
ovina extensiva. Los
carrascales son también el hábitat preferido por una gran diversidad de
especies de nuestra fauna silvestre algunos de los cuales, como las aves
rapaces e insectívoras, están protegidas por su escasez o su carácter
beneficioso. También las perdices, conejos, liebres, palomas y zorzales,
tan
codiciados por los cazadores, dependen estrechamente de estos bosques para
sobrevivir y proliferar. En las vaguadas con suelos más profundos y frescos o en algunas
umbrías resguardadas de los rigores del sol, observaremos unos arbolitos
también productores de bellota aunque de hojas más grandes y blandas que
las de la encina. Se trata del quejigo (Quercus lusitanica),
especie que ocupa las zonas de transición entre los secos ambientes
mediterráneos y los húmedos atlánticos. Como reflejo de ello, sus hojas no
son tan perennes como las de la encina pero tampoco pueden renovarse todos
los años como en los bosques caducifolios. El quejigo ha adoptado la
solución intermedia presentando hojas que permanecen semimarchitas mucho
tiempo en el árbol dando tiempo al desarrollo de las nuevas. Los antiguos ganaderos respetaban a esta especie debido a su
producción de bellota más precoz que la de la encina o el roble rebollo.
Así, favoreciendo los bosques En los taludes y zonas aclaradas del encinar nos sorprenderá ver la
curiosa alfombra vegetal que forma la gayuba (Artostaphyllos
uva-ursii), arbusto siempre verde que no crece en altura sino que se
extiende por la superficie de los suelos forestales. Es por ello una
planta muy beneficiosa al colonizar con rapidez suelos desnudos. Tiene
además, la facultad adicional de fijar el nitrógeno atmosférico
enriqueciendo así el suelo con este vital elemento. También en las zonas aclaradas y de borde del bosque, crece, esta
vez en altura, un gran arbusto espinoso de llamativas flores blancas y no
menos vistosos frutos rojos. Es el majuelo o espino blanco
(Crataegus monogyna), fácil de identificar por la singular
forma de sus hojas.
Por último, citaremos a un tercer arbusto espinoso característico
de los bordes del bosque. Es el rosal silvestre (Rosa canina). Su
nombre científico alude a que está provisto de espinas gruesas y curvadas
hacia abajo que recuerdan los colmillos de un perro. Sus frutos llamados
"escaramujos", son rojos y de gran tamaño, sirviendo de alimento a
numerosas aves e incluso a los astutos zorros. Según algunos botánicos este conjunto de arbustos forman una "orla espinosa" que contornea los bordes del bosque protegiéndole del ataque de los herbívoros
Aproximadamente entre los 950 y 1 .300 metros de altura,
coincidiendo con la entrada en el Parque Natural “Dehesa del Moncayo. el
aumento de las Se trata ya de un árbol caducifolio que cambia la hoja todos los
años formando un abundante mantillo de hojarasca que al descomponerse dará
lugar a un rico humus vegetal. La buena
calidad de estos suelos junto a la propia producción de bellotas y hojas
de los rebollos hicieron que, históricamente, el hombre aprovechara esta
comunidad vegetal para el soporte de la ganadería haciendo aclareos en el
arbolado. De este uso tradicional viene precisamente el nombre de "Dehesa
del Moncayo" adoptado por nuestro Parque Natural. Actualmente, el único uso que soporta es el de aprovechamiento de
sus buenas leñas. Se corta a matarrasa por parcelas o ‘suertes” siguiendo
turnos rotativos de 20 años. El monte rebrota con inusitada rapidez
gracias a una peculiaridad notable del rebollo: la de desarrollar
“estolones” o tallos subterráneos que, saliendo de una planta madre, se
extienden lateralmente en todas direcciones y acaban echando raíces para
independizarse progresivamente de su progenitora. Por eso, el rebollo es
una planta colonizadora de las laderas lo que junto a sus ya descritas
virtudes para la ganadería y el suelo, hacen del rebollar una comunidad
que debemos conservar, Para identificar este roble fijémonos en sus hojas glaucas de
profundos lóbulos y superficie pilosa. También en el piso del rebollo nos llamará la atención la
abundancia de repoblaciones de pino silvestre (Pinus sylvestris).
grandes árboles de tronco recto y cortas hojas aciculares que
transforman en madera la fertilidad de los suelos. Intercalados entre estos dos árboles dominantes veremos pies
aislados El ‘guillomo” (Amelanchier ovalis), es un arbusto presente
en este piso, de hojas ovaladas y finamente dentadas de un color verde
claro por el haz, flores blancas y frutos negros. Según los insignes
botánicos aragoneses Loscos y Pardos, su leña se vendía antiguamente en
Zaragoza con el nombre de “carrasquilla’ para tratar las afecciones de
vejiga y como hipotensora. Lamentablemente,
en amplias extensiones, los malos usos del suelo han degradado el rebollar
que aparece por ello sustituido por formaciones arbustivas. Destacan los
brezos adaptados a vivir en suelos más pobres y lavados que los del
robledal También
colonizan estas zonas degradadas las jaras (Cistus
laurifolius) reflejando antiguas cortas abusivas o incendios
que provocaron el empobrecimiento de los suelos. Las distinguiremos por
sus bellas flores blancas y sus hojas parecidas a las del laurel.
Aun dentro del piso montano pero a mayor altura entre las cotas
1.300 y .800 metros, el descenso de temperaturas unido al aumento de
precipitaciones y. sobre todo. a la gran frecuencia de condensación de
nieblas, crean las condiciones favorables para el establecimiento del
hayedo. El haya (Fagus sylvatica), árbol que domina casi en
exclusiva esta comunidad. gusta en efecto de tener los pies secos y la
cabeza mojada” colonizando por tanto las laderas bien drenadas pero con
abundantes nieblas que creen un ambiente de humedad atmosférica. El hayedo del Moncayo, uno de los más meridionales de Europa, es un
testimonio vivo de pasadas épocas de clima más lluvioso y templado. En la
actualidad, la mayor sequedad del clima hacen de él un bosque relictual
que, por su valor biogeográfico. todos debemos respetar y conservar.
Entendiéndolo así, el Servicio de Conservación del Medio Natural no
permite ningún aprovechamiento de esta singular comunidad. Estos árboles son fáciles de distinguir por su tronco cilíndrico y
recto de corteza Sin embargo, en este piso montano-superior, conforme avanzamos
hacia el este, las condiciones de Aislados aquí y allá en estos bosques aparecen los serbales de
cazadores (Sorbus aucuparia) de típicas hojas compuestas y con un
número impar de lóbulos con el borde aserrado. Sus ramilletes de El sotobosque de los hayedos es, en general. extremadamente pobre
en especies debido a la densa sombra que el dosel arbóreo proyecta sobre
el suelo. Sin embargo. es de señalar la abundancia en las zonas de claros
y bordes del arándano (Vaccinium mirtyllus). arbusto de hojitas
verdes y pequeños frutos, a menudo asociado con enebros y acantonado
preferentemente en En ambientes parecidos. sobre suelos frescos y sombreados, aunque
también a menudo en umbrías pedregosas. encontraremos al acebo
(llex aquifolium), arbusto o arbolillo de hojas grandes y coriáceas de
color verde lustroso y bordes a menudo provistos de espinas. Sus
llamativos frutos rojos y carnosos permanecen casi
todo el invierno en la planta por lo que el acebo es, en esta Por último nos referiremos al sauquero (Sambucus
racemosa) arbusto presente en los hayedos aclarados y que se
distingue parlas lentejuelas parduzcas que manchan sus abundantes
tallos.
COMUNIDADES DE FONDO DE BARRANCO
Citaremos en primer lugar al álamo temblón (Populus
tremula), chopo normalmente asociado a las zonas pendientes y pedregosas,
pero húmedas, que se intercalan entre los bosques de hayas. El
característico tiemblo de sus pequeñas En los lugares casi permanentemente encharcados aparecen
comunidades, generalmente arbustivas, de diversas especies de
sauces. Son plantas de crecimiento extraordinariamente rápido y
ramas largas y muy flexibles que constituyen una buena adaptación para
aguantar sin quebrarse Las laderas umbrosas de los barrancos, los bordes y claros del
bosque, son el hábitat del cornejo (Cornus sanguínea), arbusto de
hojas grandes y con nerviaciones muy marcadas que presenta flores blancas
agrupadas en racimos terminales. Sus numerosas ramas son de un
característico color “sanguíneo”, como indica su denominación
científica. En parecidas circunstancias se localizan los saucos
(Sambucus nigra) arbustos de hojas compuestas y con un
número impar de También en los claros frescos y sombreados de hayedos y robledales
podremos encontrar el chordón (Rubus idaeus) arbustillo cuyos
frutos, verdaderas frambuesas silvestres, maduran en el verano y son
recolectados para elaborar deliciosas mermeladas. Los fondos húmedos de las vaguadas y las márgenes de los arroyos
crean las condiciones para el crecimiento de los fresnos (Fraxinus
excelsior), árboles que pueden alcanzar gran tamaño y que tienen grandes
hojas compuestas de 13 hojuelas lanceoladas, antiguamente apreciadas como
forraje del ganado. Debidamente preparadas, sirven también como diuréticas
y antirreumáticas. Sus frutos, provistos de un “ala” aplanada son Otro árbol propio de estos ambientes es el tilo (Tilia
platyphyllos), de hojas acorazonadas que no debemos confundir con las
brácteas alargadas de cuyo centro salen sus pequeños ramilletes de
aromáticas flores. Precisamente son estas bráteas floridas las que se
utilizan, en infusión, como agradable sedante, Asociado a tilos, arces,
hayas y robles Sus ramas, largas y
flexibles, proveen una excelente madera para la fabricación de toneles de
vino. Por último, hablaremos del abedul (Betula verrucosa),
verdadera joya vegetal del Moncayo, por tratarse de una Su corteza blanca es quizás su característica más distintiva.
Debido a su alto valor científico estos árboles están protegidos en el
Moncayo y debemos evitarles todo daño incluso el de grabar nuestros
nombres en la corteza, juego inocente que a menudo provoca infecciones o
incluso la muerte de estas peculiares plantas.
Por encima de los 1.800 metros y ya hasta las cumbres del macizo
las condiciones climatológicas adquieren una especial dureza. Por un lado, el descenso de las temperaturas reduce la vegetación
leñosa a unas pocas especies resistentes. Las precipitaciones adoptan en
invierno forma de nieve cubriendo el terreno con un manto que constituye
el mejor aislante térmico contra las heladas. Sin embargo, la incidencia
de fuertes vientos, los famosos aires del Moncayo, descubre a menudo este
manto dejando a la vegetación expuesta a la terrible prueba
de los hielos. Por todo ello, las plantas adquieren un porte rastrero pegándose al
suelo, en general más cálido que la atmósfera circundante, y no crecen en
altura más allá de lo que la nieve cubre. Adoptan además la forma de
apretados cojinetes para protegerse del Los brezos, en las partes bajas y sobre suelos lavados,
están representados por varias especies como la (Erica arborea)
de florecillas blancas. En las zonas más inhóspitas la extremosidad del clima se alía con
la pobreza del suelo y el predominio del sustrato rocoso. Se forman así
verdaderas zonas áridas de montaña que, a Aquí encontramos el enebro común o chinebro (Juniperus
communis) en su variedad
alpina, de porte rastrero, que es típica de las altas parameras con fríos
intensos. Antiguamente, se obtenía un licor destilando sus frutos que
servía como digestivo y que es, probablemente, el origen de la actual
ginebra. También presente sobre los suelos esqueléticos de cumbres y
ventisqueros la sabina (Juniperus sabina) se distingue
por sus hojas en forma de escamas diminutas pegadas al tallo, bien
distintas de las del enebro que son acículas erectas y pinchudas. Sus
frutos al madurar adoptan, en ambos casos, un intenso color azul oscuro
aunque en el caso de la sabina contienen principios tóxicos que no
permiten su aprovechamiento para elaboración de Al abrigo de los afloramientos rocosos y en otros pequeños enclaves
húmedos podemos observar ejemplares del tejo (Taxus baccata),
conífera primitiva que alcanzó su esplendor en pasadas épocas más húmedas
y hoy sobrevive en pequeño número en algunos puntos resguardados. A su
regresión por motivos climáticos, hay que añadir la fuerte persecución a
que históricamente le ha sometido el hombre, codicioso de su madera roja,
durísima e imputrescible. Muy característicos también son sus frutos
formados por una envuelta carnosa roja que rodea las Finalmente citaremos al pino negro (Pinus uncinata)
último exponente del bosque en altitud que, procedente del vecino
Pirineo, fue repoblado con notable éxito en el piso subalpino del Moncayo.
Forma aquí masas muy abiertas combinado con un estrato bajo de enebros y
sabinas. Contribuye así poderosamente a conservar el suelo de las cimas y
a proteger las laderas inferiores. Resulta muy característico el escudete ganchudo que remata las escamas de sus piñas y sus hojas cortas y recias que forman apretados ramilletes. Su extraordinaria resistencia y su buena adaptación hacen deseable la consolidación y extensión de estos bosques de alta montaña. |
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