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La
frondosa vegetación del Moncayo incluye una extraordinaria variedad de
bosques y matorrales que constituyen el “hábitat”, es decir, el medio
ambiente que reúne las condiciones adecuadas, para numerosas especies de
aves.
Por
ello, la abundancia y diversidad de aves es uno de los principales valores
ecológicos del Parque Natural que debemos conocer y valorar. Para ello
haremos un recorrido por sus distintos ecosistemas, describiendo las
especies más características que podemos encontrar en cada uno de ellos.
Haz
click sobre las imágenes para escuchar el canto de algunas aves.
En
las colinas del somontano del Moncayo se sitúan los carrascales,
dominados por la encina o carrasca (Quercus rotundifolia).
Aquí,
entre muchas otras especies, observamos la llegada primaveral de las
elegantes tórtolas (Streptotelia turtur), que utilizan los
carrascales para buscar alimento y cobijo para hacer sus nidos, al
resguardo de la vista de las urracas (Pica pica), o
“picarazas”, inteligentes y ruidosos córvidos que son un verdadero
azote para las nidadas de otras 
especies. También, en
primavera,
oiremos el sonoro arrullo de las grandes palomas torcaces (Columba
palumbus), amantes del carrascal por encontrar en él uno de sus alimentos
preferidos: las bellotas de la encina, y que al llegar los fríos veremos
pasar en grandes bandadas camino de sus cuarteles de invernada del sur.
En
los claros del monte descubriremos a los zorzales charlos (Turdus
viscivorus), pájaros de tamaño mediano que podremos observar
alimentándose
de los frutos del muérdago o “visco”, pequeña planta parásita que
crece en las ramas de los árboles.
Fijándonos
ahora en los arbustos del bosque, encontramos con facilidad el posadero
preferido del macho del escribano soteño (Emberiza cirlus),
pajarillo cuyo alegre colorido amarillento contrasta con su monótono
canto.
También
en los arbustos, especialmente en las espinosas ramas de los
“majuelos”, podremos observar al alcaudón común (Lanius
senator), pequeño predador alado capaz de imitar el canto de diversas
aves para atraerlas y darles caza. Ave previsora, es también peculiar
su costumbre de hacer “despensas” ensartando a sus presas, que
incluyen además lagartijas e insectos, en las ramas de espinos y
zarzas.
De
hábitos más pacíficos, aunque también insectívoro, es el ruiseñor
(Luscinia megarhynchos), cuyo melodioso y afamado canto nos deleitará en
las horas nocturnas y crepusculares.
Por
último citaremos al cuco (Cuculus canorus), ave del tamaño de una
paloma y silueta de halcón que se ahorra el trabajo de criar a su prole
colocando sus huevos, de uno en uno, en los nidos de otras aves. El
pollito “parásito” del cuco se encargará, nada más salir del cascarón,
de convertirse en hijo único de sus padres adoptivos, arrojando los
huevos de éstos fuera del nido. Así, criado en exclusiva, crecerá
deprisa, doblando a menudo en tamaño a sus infelices progenitores, que
como la curruca mirlona (Silvia hortensis) de la ilustración tendrá
que trabajar con denuedo para aplacar su insaciable hambre.
Al
subir en nuestro recorrido por las laderas de la montaña, el efecto
benefactor de las lluvias, más abundantes conforme se sube en altitud,
permite el desarrollo de bosques húmedos y de hoja caediza. Entramos así,
en el dominio de los robledales, con varias especies características como
el quejigo (Quercus lusitanica), rebollo (Quercus pyrenaica) y carballo
(Quercus petraea).
Abundan
también aquí las aves insectívoras, que cumplen un beneficioso papel al
controlar eficazmente las poblaciones de insectos que, en su ausencia,
podrían llegar a constituir plagas agrícolas o forestales.
Téngase en
cuenta que estas especies tienen un metabolismo muy acelerado, por lo
que consumen cada día una cantidad de insectos a menudo equivalente a la
de su propio peso.
Entre
los más bellos representantes de este grupo citaremos al mito
(Aegithalos caudatus), pequeño acróbata que se suspende de las más
finas ramas en busca de insectos, sirviéndose de su larga cola como
balancín.
También
observaremos al mosquitero papialbo (Phylloscopus bonelli), minúsculo
insectívoro estival de hábitos discretos. Todo lo contrario sucede con
el petirrojo (Erithacus rubecola), inquieto pajarillo que hace todo
lo posible por no pasar desapercibido. Su marcado comportamiento
territorial le mueve a situarse en ramas despejadas, haciendo bien visible
su coloreada pechera roja y cantando con fuerza para afirmar ante sus congéneres,
sus derechos exclusivos sobre la parcela de bosque.
Al
llegar el invierno veremos la llegada de las bandadas de pinzones (Fringilla
coelebs), polícromas aves granívoras siempre abundantes que en la
primavera llenan con su canto el silencio de las espesuras.
Si
descendemos al suelo, de abundante hojarasca, encontraremos también una
serie de aves que explotan preferentemente este estrato. Es el caso del chochín
(Troglodytes troglodytes), nervioso insectívoro de silueta rechoncha cuyo
diminuto tamaño no le impide desarrollar un potentísimo canto. También
amantes de corretear por los suelos, veremos a la pareja de mirlos
(Turdus merula) capturando una de sus presas favoritas: la
lombriz de tierra.
Finalmente,
nos sorprenderá también la abundancia de arrendajos (Garrulus
glandarius), gregarios córvidos de bellas tonalidades azuladas que
constituyen un magnífico ejemplo de simbiosis, es decir de relación
mutuamente beneficiosa, con el bosque. Se ha demostrado en efecto la
costumbre de estas aves de hacer depósitos de bellotas bajo el suelo como
reservas alimenticias. Cada pájaro entierra de 1000 a 4000 frutos por año
en distintas zonas, pero muchos de ellos no los vuelven a encontrar, por
lo que germinan. La sabia naturaleza convierte así al arrendajo en un
eficaz repoblador forestal que permite la extensión de los mismos bosques
sobre los que se alimenta.
Por
encima de los robledales el aumento de humedad crea un nuevo piso de
vegetación ocupado por los bosques de hayas, grandes árboles de tronco
liso y delicadas hojas verdes que gustan de estar envueltos en nieblas, lo
que les da a menudo un aspecto fantasmagórico.
En
sus ramas son frecuentes también los pajarillos insectívoros como el
coloreado herrerillo o “cerrajerillo” (Parus caeruleus), cuyo
nombre recuerda la similitud de su canto con el chirrido metálico de una
cerradura. Como todos estos pajarillos, el herrerillo necesita para criar
los agujeros y oquedades de los troncos de árboles viejos, por lo que si
se quiere conservar estas beneficiosas especies es imprescindible respetar
algunos de estos venerables árboles moribundos.
Los
cielos del hayedo nos permitirán descubrir el vuelo de uno de sus más
singulares inquilinos: el halcón abejero (Pernis apivorus), gran
ave rapaz que, a diferencia de sus parientes, se alimenta en exclusiva de
pequeños reptiles y, sobre todo, de abejas y avispas. Para ello localiza
la situación de colmenas y avisperos en el suelo o las ramas del bosque.
Por su parte, el pequeño mosquitero común (Phylloscopus
collybita), como su nombre indica, está especializado en la captura de
diminutos dípteros a los que persigue con sus agilísimos revoloteos.
Al
llegar la noche comienza la jornada del cárabo (Strix aluco),
pequeño búho cuyo ulular sobrecogedor
puede llenar de espanto a los
miedosos de la oscuridad. En realidad este ave inofensiva es
extremadamente beneficiosa, pues se calcula que destruye cada año más de
2.000 roedores, controlando así a estos prolíficos animales.

Al
volver a despuntar el sol el cárabo se retira a su cubil, en el hueco de
algún árbol viejo, y empieza de nuevo la actividad de los insectívoros.
De ellos nos llamarán la atención dos especies adaptadas a la captura de
invertebrados en los troncos. Son, por un lado, el agateador común
(Certhia brachydactyla), que trepa con sus fuertes patas y apoyándose en
su cola mientras con su curvado pico extrae de debajo de las cortezas
larvas y pulpas de insectos y, por otro, el trepador azul (Sitta
europae), que sube y baja sin parar por el tronco de las hayas usando su
aguzado pico para cascar frutos como avellanas y hayucos.
Bajando,
por último, al espeso lecho de hojarascas del hayedo veremos, con suerte,
al zorzal común (Turdus philomelos) buscando caracolillos para
cascarlos contra una piedra, o a la esquiva chocha perdiz (Scolopax
rusticola), también llamada becada, ave verdaderamente especialista en la
captura de animalillos en los suelos húmedos del bosque merced a su largo
pico, cuyo extremo sensible es capaz de detectar los más mínimos
movimientos de gusanos y lombrices.
Existen
en el Moncayo grandes extensiones de pinares, resultado de las
repoblaciones efectuadas en el pasado con objeto de producir madera.
Destaca,
por su abundancia, el pino silvestre (Pinus sylvestris) de acículas
cortas y recias, pero también se pueden encontrar algunos pinos resineros
(Pinus pinaster) en las cotas bajas, e incluso pinos negros (Pinus
uncinata) que fueron traídos del Pirineo y se adaptaron muy bien a las zonas pedregosas de las cumbres.
La
avifauna es también abundante en los pinares. Entre los predadores
citaremos el azor (Accipiter gentilis), que caza preferentemente
aves de tamaño mediano o grande siendo muy beneficioso por controlar
eficazmente las poblaciones de córvidos. También veremos al gavilán
(Accipiter nisus), que es en realidad un pequeño azor especializado en la
captura de pajarillos como los verdecillos de la figura.
En
los suelos de rojiza pinocha podremos sorprender echado al mimético chotacabras
gris (Caprimulgus europaeus), también llamado en Aragón “gallina
ciega” por sus hábitos de
cazador nocturno de insectos.
Las
ramas despejadas de los pinos sirven de oteadero al ratonero común (Buteo
buteo) que, haciendo gala de su nombre, se dispone a engullir un roedor
recién capturado.
Los
troncos rugosos de los grandes pinos son el cazadero del pico picapinos
(Dendrocopos major), vistoso pájaro carpintero que, ayudado por su
aguzado pico, introduce su larga y pegajosa lengua en las intrincadas
galerías de los insectos parásitos de la madera.
En
las zonas más altas, y especialmente ligados al pino negro, veremos las
bandadas de
verderones serranos (Serinus citrinella), pajarillos típicos
de los bosques de montaña.
Otro
tanto puede decirse de los piquituertos (Loxia curvirostra),
dotados de una peculiarisima adaptación de su pico, cruzado como una
tijera, que les permite separar las duras cubiertas de las piñas para
extraer sus nutritivos piñones.
También
típico de los pinares es el carbonero garrapinos (Parus ater),
inquieto insectívoro que es próximo pariente del carbonero común
(Parus major), más extendido por otros tipos de bosque pero también
presente aquí, y fácil de identificar por la marcada franja negra que
recorre su amarillo pecho. Por último citaremos al minúsculo reyezuelo
listado (Regulus ignicapillus), el ave más pequeña de la fauna
europea, aunque, como a sus colegas insectívoros, su pequeña talla no le
impida desarrollar una intensísima actividad siempre a la caza y captura
de insectos.
L a
acción humana a lo largo de la historia ha provocado en muchas zonas la
degradación de la vegetación arbórea primitiva por efecto del fuego,
las talas, el sobrepastoreo o las roturaciones en zonas pendientes. El
resultado es que estas zonas están hoy cubiertas por matorrales como la
espinosa aliaga (Genista scorpios), de flores amarillas, las jaras de
flores blancas (Cistus laurifolius) o rosadas (Cistus albidus) que
resultan de la degradación de carrascales y robledales, los escaramujos o
rosales silvestres (Rosa) o los también espinosos erizones (Erinacea
anthyllis) que forman cojinetes de flores moradas en las zonas más inhóspitas
de las cumbres.
Algunas
aves, sin embargo, prefieren vivir en estas zonas más abiertas que los
bosques originales. Es el caso de la curruca rabilarga (Sylvia
undata), ave insectívora difícil de observar porque gusta de moverse
discretamente entre las intrincadas ramas de los arbustos, eligiendo a
menudo las aliagas para situar sus pequeños nidos. Mucho más visible es,
en cambio, la tarabilla común (Saxicola torquata), cuyos machos de
coloreado pecho gustan de situarse en lo alto de postes o cables para
cantar sus derechos posesorios sobre el terreno. Otro tanto hacen los escribanos
hortelanos (Emberiza hortulana), únicos escribanos que emigran,
huyendo del crudo invierno, a tierras africanas, volviendo con la
primavera para criar en nuestro país.
También
migradora invernal es la collalba rubia (Oenanthe hispánica), de
plumaje muy variable, pues hay individuos con la garganta negra y otros
que la conservan blanca. Los machos, de bellas tonalidades doradas,
difieren también mucho de las hembras, de apagados tonos parduscos.
En
las zonas de matorrales más ralos y en los caminos veremos al bisbita
campestre (Anthus campestris), de hábitos marchadores merced a sus
patas provistas de largos y fuertes dedos que le facultan para correr sin
dificultad sobre los suelos desnudos. De aspecto y costumbres parecidas es
la cogujada montesina (Galerida theklae), aunque se la puede
diferenciar bien por el llamativo copete de plumas de su cabeza que
levantan cuando están inquietas. Además, las cogujadas son
sedentarias, es decir, permanecen todo el año y no emigran en invierno
como los bisbitas.
Como
último representante de estas monterizas citaremos a la perdiz roja
(Alectoris rufa) gallinácea que encuentra alimento y defensa
en estas zonas a la vez abiertas y de relieve accidentado.
Las
hembras pueden empezar a criar muy pronto en la primavera, sacando
adelante polladas de hasta más de una docena de “perdigachos”.
Siguiendo
nuestro recorrido ascendente hacia la cima del Moncayo, llegará un
momento en que dejaremos atrás las últimas zonas arboladas entrando en
el dominio de los pastizales alpinos. Aquí el duro clima de la alta montaña,
con sus prolongadas heladas y sus fuertes vientos, dificulta la
supervivencia de vegetales leñosos.
El
bosque, por tanto, se va abriendo progresivamente hasta dejar paso a las
praderas subalpinas. En estos medios encontramos una serie de aves en
buena parte típicas de las estepas del valle del Ebro, del que muchas
suben aprovechando el buen tiempo de la primavera y el verano.
Es
el caso de la alondra (Alauda arvensis), que deja oír su alegre
canto mientras se eleva, volando en círculos, hacia las alturas. También
observaremos a la totovía (Lullula arbórea), único
aláudido que a veces penetra en zonas arboladas y cuyo nombre alude a su
inconfundible y melodiosa voz.
En
las praderas abiertas veremos las correrías del Bisbita ribereño
alpino (Anthus spipoletta), ave estival en estos lares que en invierno
prefiere descender a las llanuras refugiándose entonces en el ambiente
húmedo de las riberas de los ríos.
Las
piedras prominentes de estos pastizales sirven de oteadero a la inquieta collalba
gris (Oenanthe oenanthe), llamada en Aragón “culiblanco” en clara
referencia a la mancha blanca de la base de su cola que contrasta con su
borde negro. La collalba aprovecha con eficacia la abundancia de insectos
que acompañan al renacer primaveral de los prados alpinos, en tanto que
el escribano montesino (Emberiza cia) prefiere
alimentarse con las semillas de gramíneas y otras plantas de estos
herbazales.
Pero,
sin duda, es la escasa Perdiz gris o pardilla (Perdix perdix) el
ave más singular de estas zonas altas del macizo del Moncayo. Si se tiene
la suerte de observar alguna, podremos distinguirlas bien de su próximo
pariente, la Perdiz roja, por tener las patas grises y, en el caso de
los machos, presentar además una marcada mancha oscura en el pecho en
forma de herradura. Por desgracia, esta bella gallinácea, de distribución
restringida en nuestro país, parece ser muy escasa en el Moncayo, por lo
que todos debemos ayudar a su conservación.
El
macizo del Moncayo goza de un microclima especialmente húmedo gracias a
su privilegiada situación en la zona de influencia de los frentes
nubosos, que. procedentes del Atlántico, descargan sus generosas
precipitaciones al toparse con esta barrera montañosa.
Ello,
unido a la frondosidad de su arbolado que retiene eficazmente la humedad,
hace que el Moncayo sea un monte muy rico en aguas, presentando multitud
de manantiales y arroyos.
Estos
cursos de montaña constituyen el hábitat preferido por una serie de
especies entre las que destacaremos al mirlo acuático (Cinclus
cinclus), curioso insectívoro capaz de andar por los lechos pedregosos de
los ríos en sorprendentes buceos para capturar las larvas allí
refugiadas.
También
muy llamativas, veremos a las lavanderas blancas (Motacilla alba),
cuyo nombre nos recuerda la preferencia de estas aves por andar siempre
por las orillas de los ríos, balanceando incesantemente su larga cola y
emprendiendo de tanto en tanto entrecortados revoloteos para capturar
mosquitos.
De aspecto muy parecido, aunque llamativame nte coloreada de
amarillo, es
la lavandera cascadeña (Motacilla cinerea), su nombre nos indica
su mayor inclinación a moverse en las aguas más movidas y saltarinas de
los arroyos de montaña.
Con
un poco de suerte, observaremos el vuelo rapidísimo del Martín
Pescador
(Alcedo athis), ave diminuta de preciosos colores azules, que recorre
incesantemente los tramos de los ríos lanzándose en precisa zambullida
para arponear pequeños pececillos, renacuajos e insectos acuáticos,
siendo asimismo capaz de capturar con su ágil vuelo a las vistosas libélulas.
El martín pescador constituye, por todo ello, un elemento fundamental
para controlar el equilibrio de las distintas poblaciones de organismos
acuáticos.
Las
márgenes húmedas de los cursos de agua permiten el desarrollo de una
densa vegetación cuyos representantes más típicos son las espinosas
zarzas. En estos enmarañados medios habitan diversas aves como el zarcero
común (Hippolais polyglotta), insectívora estival que, como su
nombre científico nos indica, tiene la habilidad de imitar el canto de
otras aves, sin que se sepa la causa de esta curiosa afición.
EI
esqueleto pétreo del macizo del Moncayo asoma a la superficie en las
zonas altas de las cumbres y en las laderas, excavadas por las aguas, de
los barrancos. Se forman así numerosos escarpes y grandes cortados de
piedra como el famoso cucharón, situado junto al Santuario de la Virgen
del Moncayo.

Además,
en las laderas, observaremos extensas pedreras y canchaleras que son un
recuerdo, dejado al descubierto por la erosión, de las antiguas morrenas
de los glaciares cuaternarios.
Este
universo mineral, pese a su apariencia estéril, es un medio lleno de vida
y preferido por numerosas aves como área de nidificación o búsqueda de
alimento.

Destacan,
en primer lugar, las grandes rapaces planeadoras, muy ligadas a estos
roquedos para establecer sus zonas de cría y despegar sin gasto de energía,
aprovechando las corrientes de aire ascendente que se forman a lo largo
del día. Es el caso del blanquinegro alimoche (Neophron
pernocterus), pequeño buitre estival que marcha en otoño al África. De
mucho mayor tamaño y carácter sedentario es el buitre leonado
(Gyps fulvus), que forma grandes colonias de cría a las que debemos
evitar toda molestia por tratarse de una especie protegida y amenazada de
extinción. Lo mismo podemos decir del águila real (Aguila
chrysaetos), poderosa rapaz, muy beneficiosa para la caza, pues mantiene
en buen estado sanitario las poblaciones de conejos y liebres.
 

El
pequeño cernícalo común (Falco tinnunculus) también
cría en estas rocas cerniéndose en el aire con su aleteo característico
para cazar pajarillos e insectos. Tampoco faltan los córvidos con dos
representantes de plumaje negro pero fáciles de distinguir. Se t rata por
un lado de la chova piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax), de cola
redondeada y vuelo de cometa y, por otro. del gran cuervo
(Corvux
corax), de característica cola romboidal y robusto pico. En las horas
nocturnas comienza el reinado del buho real (Bubo bubo), ave
cazadora que impone su ley en la oscuridad.

Vuelta
la luz observaremos en los altos cielos los vuelos fulgurantes de los vencejos
reales (Apus melba) alimentándose del “plancton atmosférico”
constituido por multitud de diminutos insectos voladores.
También
insectívoro
es el curioso treparriscos (Trichodroma trichodroma), visitante invernal
que escala en vertical los
aca ntilados rocosos buscando a sus presas en
las grietas. Otro tanto hacen los
azulado s roqueros solitarios
(Monticola solitarius), aunque sustituyendo la fatigosa escalada por el
descenso, en vuelos cortos, de las paredes.
En
invierno veremos al Acentor alpino (Prunella collaris), confiado pájaro
que gusta de corretear por los suelos pedregosos, en tanto que los colirrojos
tizones (Phoenicums ochruros) y las collalbas negras (Oenanthe
leucura) prefieren apostarse en piedras elevadas para localizar a sus
pequeñas presas.
Las
casas de los pueblos y las parideras o edificios dispersos por el monte
ofrecen cobijo para una serie de especies que sacan provecho de su
vecindad con los humanos.
Es
el caso de la lechuza (Tyto alba), que gusta de criar en desvanes
de las casas, campanarios de iglesias o edificios en ruina, alimentándose
de los numerosos ratones que siempre existen en las habitaciones rurales y
también de las ratas que proliferan en los basureros de los pueblos.
De
menor tam año, y por tanto también cazador de menores presas, es el mochuelo
(Athene noctua), que captura preferentemente insectos y ratoncillos a
los que descubre desde lo alto de algún poste.
En
los tejados encontraremos a los estorninos negros (Sturnus
unicolor), comúnmente llamados tordos, ave en expansión que forma bandos
y frecuenta los cultivos.
Los
agujeros y repisas altas de los edificios son utilizados para criar por
los negros vencejos (Apus apus), extraordinarias voladoras que
limpian de moscas y mosquitos los ci elos. Otro tanto hacen, más a ras
del suelo, los pequeños aviones (Delichon urbica), fáciles de
distinguir por la mancha blanca de la base de la cola y por los curiosos
nidos de tierra en forma de embudo que construyen en los aleros de las
casas. Su pariente, la golondrina (Hirundo rustica), es más
estilizada y se diferencia bien por su larga cola ahorquillada. Sus nidos,
también de tierra, tienen la forma de un pequeño cuenco.
Con
la bajada otoñal de las temperaturas la vida de los invertebrados se
apaga, y por ello sus predadores alados se ven obligados a emigrar a los
climas más benignos de latitudes africanas para volver al pueblo con el
renacer de la próxima primavera.
Por
último hablaremos del gorrión (Passer domesticus), posiblemente
el pájaro que mejor se ha adaptado a los medios urbanos gracias a su
sorprendente capacidad para alimentarse de casi todo y su elevado
potencial reproductivo, que obliga a los machos a ser especialmente
ardorosos en el cortejo de las hembras.
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