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El Eco del Isuela nº 12

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HISTORIA DE UN CARBONERO DE CALCENA

En Calcena se trabajaba en el carbón por temporadas. La vida del carbonero era muy dura, porque te marchabas durante cinco o seis meses y trabajábamos desde el amanecer, hasta bien entrada la noche, y aún entonces teníamos que atender las carboneras.

A los 18 años marché al monte para hacer carbón vegetal de roble o de carrasca. Al llegar al monte lo primero que había que hacer era construir una cabaña con troncos de carrasca, lo que venía a costar cuatro o cinco días. Mientras tanto se dormía en el pueblo más cercano, donde también acudían al colegio los hijos de los carboneros, siempre y cuando no tuvieran que trabajar también en el carbón.

Al cabo de cuatro o cinco días, cuando ya estaba acabada la cabaña, comenzaba el trabajo. Había que cortar la leña con hacha, que era el único instrumento de trabajo por aquellos años. La leña se dejaba bien arreglada y cuando había la suficiente cortada por dos o tres carboneros, se hacía el sitio donde se iba a cocer la leña. Este debía ser llano y redondo. El problema era llevarla allí. Si el monte era muy costero había que transportarla a hombros y, en cambio, si era llano la recogíamos con carros de mano que solían ir tirados por mulas y burros.

 

Una vez cortada y recogida la leña se armaba la carbonera de la siguiente manera: colocábamos la leña, la más gruesa dentro y la fina fuera. Ya armada se cubría con hojas, que habíamos seleccionado al cortar y que antes las habíamos apilado y puesto peso encima, y al cabo de doce o quince días salían perfectamente planchadas. Una vez cubierta, se echaba tierra encima de las hojas, dándole un grosor de cuatro o cinco dedos. Ahora venía el momento de darle fuego. La carbonera se prendía por la cogota y una vez que el fuego había cogido fuerza se tapaba la cogota con tierra para que empezase a cocer la leña.

A partir de aquí, había que vigilar la carbonera día y noche para "darle de comer", pues por el efecto del calor se abrían agujeros y teníamos que llenarlos de leña, apretarlos y echarles tierra encima para que terminase de cocer. Si esto no se vigilaba bien, el trabajo de un mes podía perderse en una hora.

La carbonera terminaba de cocer cuando salía a ras del suelo una llama de color azul. Entonces había que esperar a que esta llama requemase bien la leña de su trozo y en este momento se tapaba con tierra y esperábamos a que ardiese todo el círculo de la carbonera a ras de suelo, lo cual costaba dos días más o menos.

Ahora venía el momento de enfriar el carbón, proceso que era delicado, pues no debía arder en ningún momento.  Había que quitar toda la tierra poco a poco, con cuidado. Se cogía un montoncillo de la carbonera, con una rastrilla se seleccionaba la más fina y con una pala se echaba otra vez a la carbonera. La tierra gorda se cribaba y luego se volvía a depositar en la carbonera. Así, poco a poco, con toda la tierra. Había que seguir vigilando, pues el carbón ya estaba hecho, pero al ser la tierra tan poca y tan fina, el aire podía colarse y prender fuego al carbón. Por la noche se veían mejor las chispas y los respiraderos.

Al sacar el carbón la carbonera respiraba y había que tener agua aparente para que no prendiese. No era aconsejable echar mucha, ya que se deshacía el carbón al estar caliente. La tierra e ir dándole vueltas con la rastrilla era lo mejor para enfriar el carbón. Teníamos que vigilarlo durante dos o tres horas hasta que pudiéramos decir que estaba frío. Entonces se apilaba, el gordo dentro y el menudo encima, porque el sol lo agrietaba mucho. El último trabajo era llenar los sacos o las seras de esparto.

   Y ahora a esperar otro lote. Así durante cinco o seís meses, de norte a sur. Luego volvíamos a nuestras casas para pasar en familia las "Fiestas del Rosario". Y en invierno vuelta al trabajo.

 

 

Vicente Modrego Pérez

   

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