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El Eco del Isuela nº 14

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EL MOLINERO

Raro es el pueblo a la orilla de un río que no tenga un  molino.  En  un  pueblo  de  moriscos  como  el

nuestro en el que la fabricación de paños fue muy importante y con un termino municipal en su mayoría de secano, el cereal y el molino para su transformación eran elementos importantes en su economía. Reflejo de ello, a finales del siglo XIX en la plaza de Calcena existía una feria semanal de cereal. Traían grano incluso de Soria y Segovia y las talegas que no se vendían eran guardadas, con la marca del propietario, para la semana siguiente. Para recuperar parte de su historia de los molineros fuimos a hablar con Doroteo Pérez que durante 25 años ejerció tal labor. 

El molino de la tahona fue en tiempos municipal y posteriormente perteneció a distintos particulares hasta que lo compró Raimundo Pérez. Desaparecido éste, y tras licenciarse en Boltaña, en los años 40 hubo de hacerse cargo su hermano Doroteo. Como no sabía del oficio, para enseñarle y por mediación de un tío vino de Tarazona un panadero que se llamaba Mariano Romero. Debía ser experto pues durante la Guerra Civil le eligieron para hacer, con harina de Aragón, el pan que con fines propagandísticos se arrojó sobre la población cercada de Madrid.

Cuando Doroteo comenzó a trabajar de molinero recuerda que funcionaban tres molinos. Además del suyo, en la tahona, había otros dos en la Cruz de Atilano. Eran el "de enmedio" regido por Juan Díez natural de Guadalajara y que cerró en los 60, y "el de abajo" donde trabajaba Romualdo. Este es de finales del XIX. Aunque él ya no lo conoció, en el de la tahona y en el enmedio se fabricaba papel a principios de siglos y luego se vendía en Borja y Tarazona. También se producía energía eléctrica hasta que fueron desplazados por las grandes empresas eléctricas.

Como fuerza motriz utilizaba el agua la fuente que desde la acequia caía en una especie de cilindro de 5 metros  de  altura (redondillo).  Este redondillo tiene

en  su  parte  inferior  piedra  sillar  y parece obra de moros.  El agua, que con la caída  cogía  fuerza,

movía una turbina que había sido fabricada en Fundiciones Utebo generando una potencia de 10 caballos que permitía mover la piedras; la superior o volandera, sobre la inferior, fija, o solera. Las piedras de moler fueron casi siempre naturales. Dado que las piedras hechas en  Calcena eran peores, tenía que comprarlas fuera. Sin embargo las mejores que tuvo fue unas francesas, sintéticas y que adquirió a última hora. Con una especie de compás levantaba los 600 kg que vendría a pesar la piedra nueva, aunque con el desgaste iban perdiendo. Justamente por ello era necesario, de vez en  cuando,  remarcar  los

surcos que llevaban y que permitían ir expulsando la harina conforme giraba.

Doroteo no sólo molía cereal de Calcena, sino que le traían de Talamantes, Aranda, todo lo de Oseja, Jarque, Trasobares y Purujosa. Hacía harina de trigo, cebada, centeno de maíz para hacer farinetas e incluso de judías secas y también fabricaba piensos para los animales. Para buscar el cereal iba por las calles de Calcena con un macho que en los collerones llevaba cascabeles y la gente sacaba las talegas (70 kg) de cereal a la puerta o bien subía a buscarlas al granero. Como no había muchas perras, se cobraba en especie de manera que de cada 140 kg de harina le correspondían 7 kg que luego empleaba en la tahona (panadería) o vendía a los que venían a comprar desde Illueca y Brea.

Le tocaron los años de la postguerra y el racionamiento. Todo el mundo tenía que andarse con cuidado. Los agricultores tenían una cartilla donde constaba un tope en su producción por encima del cual era obligatorio vender al Servicio Nacional del Trigo que pagaba por debajo de los precios del mercado. Por ello, muchos escondían el excedente donde podían: en casa, en los corrales, debajo de la esparceta,...  También el molinero tenía  que  tener  cuidado  pues  la Fiscalía de Tasas,  que  tantos  quebraderos  de  cabeza  le  dio,

   

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