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El Eco del Isuela nº 16

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Hace unos días, y en compañía de unos amigos que se habían desplazado desde Zaragoza hasta nuestro pueblo a fin de pasar el día, nos acercamos a visitar la Iglesia.

            Quedaron éstos  asombrados ante la magnitud del edificio, el cual no imaginaban  dadas las características del pueblo.  Fuimos visitando cada una de las capillas, comentando el estupendo trabajo de los pintores, así como las posibilidades que ofrece el recinto en su conjunto.  Surgieron, como no,  comentarios sobre lo que debió de ser aquello en tiempos lejanos, así como todas aquellas disquisiciones que a todos nos surgen de vez en cuando sobre como debía de haber sido el valle del Isuela que conocieron nuestros antepasados.

            Al llegar al Coro, y aprovechando que llevaba una linterna de gas para después ir a nuestra bodega, decidimos bajar a ver las momias de la cripta.

            A mí, particularmente, me habían comentado en diversas ocasiones de la existencia de tal enterramiento, pero nunca me había surgido la ocasión de  visitarlo ni tampoco me había picado la curiosidad de hacerlo.  Pero ya que estábamos allí . . .  ¿por que no?.

A CERCA DE :  

                                         

LAS MOMIAS DE LA IGLESIA.

Javier Montero(Casa-Arcadio)

 

            Nos encontramos ante una escalera rudimentaria de madera que escalaba un angosto agujero abierto en el pavimento sobre la parte derecha del recinto.  Abajo  se hacía la oscuridad mas absoluta, como premonitoria de un secreto bien guardado.  Prendimos la lámpara de gas, y con un poco de angustia vital comencé el primero a descender a las tinieblas del sótano.  Apenas tres metros separaban el suelo de aquel habitáculo del piso superior.

            Ante mí, se habría un espacio cuadrangular de quizás unos 20 metros cuadrados, con un ligero desnivel  producido por un pequeño promontorio de escombros al pie de la escalera.  Al fijar la vista, una imagen macabra se fijó en mis retinas.   Cientos de huesos, tal vez miles se encontraban al fondo ordenadamente apilados.  Fémures, tibias, costillas, vértebras, cráneos y un largo etcétera de los que otro tiempo fueron el sostén de un conjunto llamado persona.

            Tan sólo tres o cuatro, que permanecen incompletos y apoyados sobre la pared, adquieren tintes humanos dado su estado de momificación.  En particular,  uno de ellos ubicado sobre la pared de la derecha  llamó poderosamente mi atención.   Las manos cruzadas sobre el pecho, en actitud de reposo tal y como le debieron de colocar tras su óbito.   En su cara se dibuja una mueca de asombro, como si denotara sorpresa por lo que le había sucedido, sin llegar a creer que la muerte también le hubiera llegado a él , o  quizá debiera de decir a ella.

            Y es en este punto donde me asaltaron infinidad de preguntas.  Hubiese querido entablar con aquellas caricaturas de personas una larga conversación.  Cuantas y cuantas incógnitas se arremolinaban en mi cerebro:

 

QUIEN ERAS.

COMO TE LLAMABAS.

CUANTOS AÑOS TENIAS.

QUIENES ERAN TUS PADRES, HERMANOS, ABUELOS   etc.

A QUE TE DEDICABAS.

ACASO TUVISTE HIJOS.

COMO ERA TU MUNDO.

COMO VESTIAS, QUE COMIAS, COMO TE DIVERTIAS.

POR QUE ESTAS AQUI Y NO EN OTRO LUGAR.

             Tantas y tantas interrogantes, horas de conversación, admiración, estupor y un sin fin de emociones que sin embargo quedarán desiertas, porque esa comunicación es ya del todo imposible.  Sólo les podía desear paz y descanso eterno.

            Así, fuimos bajando casi todos los que habíamos ido a la Iglesia, hablando entre murmullos y con el mayor de los respetos, como si temiéramos que por alguno de los orificios que anteriormente habían albergado sus oídos, pudieran colarse nuestras palabras o nuestros pensamientos.              

            Volvimos a subir la escalera, y tras salir el último echamos la tapa de madera que franquea el camino a ese otro reino de tristeza y oscuridad.

            Ellos se quedaron allí con sus secretos de vida que jamás se desvelarán,  nosotros por nuestra parte nos fuimos a la bodega a escanciar un poco de vino, para seguir saboreando la miel de la vida y del tiempo que nos pertenezca.

   

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