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El Eco del Isuela nº 17

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 UN CUENTICO

            Os lo cuento tal como lo escuché de Tadeo Torrubia, quien a su vez lo aprendió de Domingo Lacueva, carbonero que fue y que murió en Biescas.

 

a su casa para coger una jada, le dijo:

            - Espera un momentico que ahora te la doy. Se subió a la alcoba, se encerró y con los cuatro reales que se había guardado, por si acaso, comenzó a hacer ruido, contándolos una y otra vez. El hijo, al  ver que tardaba, subió a la alcoba y la encontró cerrada. Pegó la oreja a la puerta y escuchó tintinear las monedas. Empezó a cavilar y se lo contó a sus hermanos. Al día siguiente todos fueron a casa del padre con una excusa u otra. Unos por un serón, otro por la zoqueta para segar, otro..., y a cada uno el padre le decía:

            - Espera in momentico que ahora te lo doy.

            Se encerraba en la alcoba y contaba una y otra vez los cuatro reales. Los hijos, al escuchar el sonido del dinero, comenzaron a imaginarse herederos de un tesoro y los ojos les hacían chiribitas. A partir de ese momento, la casa siempre estaba llena. Hijos, nietos, nueras, yernos, no sabían como satisfacer al anciano, con el fin de convertirse en su preferido. Y el hombre, de vez en cuando, se subía a la alcoba, cerraba la puerta y contaba los cuatro reales, una y otra vez, mientras todos escuchaban las perrricas.

            Llegó la hora de su muerte. Nada más enterrarlo, los hijos fueron a casa del padre, entraron en la alcoba y buscaron el “tesoro”. Al fondo de la habitación había un arcón. Se lanzaron sobre él y lo abrieron a  trompicones.  Su  sorpresa  fue al ver que dentro había cuatro reales, el martillo de arreglar los chosques de la dalla y un papel que decía:

EL QUE VENDE SUS INTERESES ANTES DE LA MUERTE, CON ESTE MARTILLO MERECE QUE LE DEN EN LA FRENTE.

F. Ruiz

Por favor, enviadnos (al Buzón del lector) los cuentos de vuestra infancia

 

            Vivía en Calcena un anciano que viendo llegar el fin de sus días, pensó en repartir sus pertenencias entre sus hijos. Hizo partes, cada una con algo de secano, algo de huerta y algún animal. Tras ello, juntó a los hijos y sorteó entre ellos. Todos se pusieron muy contentos al ver aumentada su hacienda y colmaron de besos a su padre.

            El anciano estaba satisfecho, pues pensaba que había cumplido con su obligación. Pasaron los días y los hijos dejaron de ir a verle a casa. Las horas transcurrían en soledad y se vio defraudado por quienes dio la vida. Sin embargo, pensó en darles una última lección. Un día que, por casualidad, fue un hijo 

     

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