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El Eco del Isuela nº 17

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NOSTALGIA DE UNA CALCENARIA

            Dedicado a mis padres:

Santiago Hernando

Petra Marco

     

            Este es un homenaje a la gente que cuidó de nosotros mientras éramos pequeños; a estos que han hecho tanto por nosotros, yo recuerdo....

            Que mis padres me ayudaron a tener una infancia muy feliz; jugaba con mis amigos/as a civiles y ladrones. Así nos recorríamos todo el pueblo buscándonos unos a otros. Lo pasábamos muy bien; nos metíamos en el agua y saltábamos del puente abajo. A mi madre no le importaba que me divirtiera, pero me reñía porque me rompía las zapatillas.

            Recuerdo que cuando era pequeña, de unos cinco años, íbamos toda la familia al monte de Aranda. También venían con nosotros dos burros y un gato llamado Pepito que nos seguía todo el camino. A veces mi padre lo subía a un burro para que no se cansase. Vivió muchos años hasta que un hombre lo mató porque decía que se le comía los conejos, cosa que no era verdad porque se le siguieron comiendo los conejos. Sobre los burros sólo puedo decir que uno de ellos me pegó un mordisco en la cabeza. 

            Nos pasábamos el invierno haciendo carbón. Mis padres trabajaban demasiado, todo el día, y si cocían el carbón se levantaban también por la noche. Yo veía a mi padre tirar carrascas, mientras mi madre con un podón limpiaba las ramas para poder hacer carbón. A mis cinco años yo no podía hacer demasiado, así que cuidaba a mi hermana de tres años. Se puede decir que nos hemos criado en el monte, aunque en primavera y otoño bajábamos al pueblo, para ir al colegio donde ahora está el bar, como hacían muchos otros.

            También recuerdo que un invierno fuimos a Aguarón mis padres, mis dos hermanas y mi único hermano (luego nació la pequeña). Allí había tantas familias de Calcena haciendo carbón que aquello parecía el pueblo y por las noches nos juntábamos y hablaban del trabajo.

            Allí en el monte fue transcurriendo el tiempo y la vida siguió su curso imparable. La gente emigró de Calcena a las grandes ciudades en busca de trabajo.

En el 57-58, con sólo 14 años, yo también emigré a Zaragoza. ¡Cuánto lloré por aquel pueblo que se quedó tan lejos!, y con él, mis padres y mis hermanos a los que yo tanto quería.

            Todos los años iba a Calcena para fiestas. Preparaban todos los años un tablado donde tocaba la orquesta. De pequeña venía un hombre al pueblo al que llamaban “El tío cojico” porque llevaba una pata de palo. Se ponía en la plaza a vender golosinas. Al cabo del tiempo mis padres y mis hermanos bajaron a Zaragoza, yo me casé y tuve hijos a los que les gusta subir al pueblo. Por cierto, mi hijo mayor se casó hace tres años en el pueblo.

            Y aunque ahora subo poco, me acuerdo mucho del pueblo cuando llega el Eco y cuando paso por el comedor y veo un cuadro que conservo desde hace treinta años como un tesoro.

 

Mª Luisa Hernando Marco

 

 

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HISTORIAS DE TODOS LOS DÍAS

Un día en la vida de Calcena a través de los recuerdos de Vicente Lapuente 

            Me doy la vuelta en la cama. Veo por San José que ya va aclarando el día. Me levanto, miro por la ventana y la Tarihuela está totalmente despejada de nubes. Creo que hoy hará calor. Lo primero que se me ocurre es cambiar de planes y en lugar de ir a Valdeplata, marcharé a la Cerrada a enramar judías.

            Salgo al hogar, atizo las brasas que todavía quedan vivas de la noche anterior y pongo el puchero de café a calentar. Mientras tanto, avío las cabras, las ordeño y después las subo por la Cuesta al corral donde está la cabrada. Lugo bajo por el horno a por un pan que me durará tres o cuatro días.

            - No vayas tan lejos que hoy va a calentar - dijo el hornero-.

            - De momento me saldré a la bodega y allí pensaré que hago.

El puchero de café ya estaba caliente. Con un poco de leche me hago un buen cuenco de remojones. Antes de salir a la bodega a por la ración diaria de vino preparo otro puchero con unas patatas, unas puntas de costillas y media hoja de acelga para almorzar, y de paso le echo de comer al burro.

            - Chica, ya te darás cuenta del puchero, que lo dejo en el fuego - le dije a mi mujer, que estaba haciendo la cama-.

            - Bien -respondió-.

Paso por la plaza y no se ve un alma, pero se oyen algunas mujeres hablando por la parte de la paletilla. Más adelante me encuentro con Sergio.

            - Ya vendrás de algún negocio -le dije-.

 

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