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El Eco del Isuela nº 19

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YO © CALCENA

Adoro lo ancestral de este pueblo,

lo persistente, lo callado y etéreo.

Que el cauce de un río pueda dar paso a la vida,

que las rocas, acantilados y montañas

puedan resguardarte durante miles de años

y que no cambie el aroma de la higuera mientras tanto

Me gusta pensar que acaso siglos atrás

otros ojos pudieran ver exactamente lo mismo

Preguntaos una cosa, para que exista

este remoto pueblo, ¿cuánta gente

pasó por aquí y quedó enamorada?

¿Desde cuándo habita el hombre

estos páramos salvajes

contemplando los callados buitres

en su inhóspito hospedaje?

¿Cuántos siglos hace que decidió instalarse

en tan caprichoso terreno?
Este pueblo perenne
no morirá jamás mientras pueda
tener una huerta tan perfumada y verde

habrá gente mientras duren

las altísimas paredes de piedra

vivirá mientras haya cuevas,

mientras haya sombra y fuentes bajo los chopos.

Despertará cada día Calcena al relente

del Moncayo, con su cara blanca y sonriente,

con su paciente transcurrir de las cosas

Pese al tiempo casi parado

en sus florerillas hermosas

o en el andar de sus gentes

este pueblo perenne

es lento como lento crece el árbol

pero, como los árboles y las semillas ha existido

y existirá siempre.

¿Qué mueve a esa gente?

me pregunto a veces

al contemplar sus labores

o sus lentos andares al sol.

Ellos, sin duda, están vivos

y yo apenas lo estoy.

Reconozco mi descafeinada existencia

en sus ojos, en la expresión de sus caras.

¿Acaso no es una penitencia

llenar un cobertizo de leña?

¿Andar tantos kilómetros en busca de hierba

para unas pocas ovejas?

En absoluto lo es, simplemente es la vida.

La penitencia es habitar

un amasijo de cemento y asfalto

que no conoce silencios, ni sosiego,

ni el olor del romero.

tu sudor pertenece a otra persona

que no perdona un segundo,

y entonces me pregunto:

¿qué es lo que me mueve a mí,

que no tengo sol ni una mala oveja

con la que compartir el silencio?

Mis ojos solo ven en tonos gris

y recuerdo que existe tierra

roja, verde, morada, amarilla,

su fragancia inunda el camino cuando llueve,

el largo sendero de espacios libres.

Tu casa de ancestros te espera,

morada de golondrinas de imposible vuelo.

Donde las calles y las casas son todavía

de antepasada piedra...

Ya lo entiendo, ya sé lo que me mueve,

el simple recuerdo y la conciencia

de que la vida puede existir

aunque sea lejos de donde nací

Calcena: a veces pienso que estas mejor como estás

y rezo porque no aceptes entre tus colores

el sucio y patético gris.

Quédate en tu callado silencio,

Sigue viviendo de verdad.

 

Miguel Angel Ruiz Suesa

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