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El Eco del Isuela nº 24

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LA POSADA DE LA ABUELA MARGARITA

Una tarde de invierno nos acercamos a casa de Teodora Giraldos y José María Miguel, “el posadero”, para que nos contara una parte de la historia de Calcena: la posada. Al calor del brasero, en amena conversación, fue desgranando recuerdos.

 

Ahora cuesta poco ir de un pueblo a otro; escasos minutos. Sin embargo, a principios del siglo pasado –el XX- los vehículos eran escasos y los caminos, si existían, malos. La comunicación con Trasobares siempre fue un camino de herradura, hasta que hicieron la carretera, sin asfaltar, y con Oseja había un camino por el barranco, hasta que después de la Guerra Civil hicieron la carretera. Por eso era importante que en cada pueblo hubiera un lugar donde los caminantes pudieran reposar. Las posadas daban techo, lecho y buen provecho.

      José María nos recuerda que sus abuelos, Concepción Gómez y Tomás López tuvieron posada, que luego pasó a sus padres Margarita López y Eugenio Miguel, y luego a José María y Teodora Giraldos, su esposa. La “posada de la abuela Margarita” estaba donde está; en Trascasas, encima de la Cueva. Tenía cinco habitaciones y tres cuadras en las que cabían unas 20 caballerías. A principios del s. XX hubo otra posada: la de Timoteo Perales que estaba situada junto a la fuente, donde el corral de “los Royos”.

      A la posada de la abuela Margarita acudían viajantes que iban de pueblo en pueblo; tratantes de caballerías de Calatayud; gentes que venían a comprar corderos, como Raimundo Oro de Tabuenca; viajantes de telas; valientes que venían a torear las vacas en fiestas; compradores de peras y manzanas de la huerta; castellanos que bajaban a la feria para comprar grano o animales; gente de Tierga; de Purujosa que bajaban a vender perdices o liebres que cazaban; Guardia Civiles de Tabuenca que venían a dar una vuelta por Calcena, dormían y al día siguiente se volvían, …

      Dormían tres o cuatro personas por habitación. Había quien lo hacía en alguna de las tres camas existentes, en las dos alcobas del piso de en medio,  pagando 1 peseta del año 1910, y otros en sacos de paja, pero sin soltar los cuartos. La mayoría dormía en el 

cuarto de los forasteros”, donde sin coste tenían el techo seguro. También entre las caballerías había diferencias. Si el amo se estiraba, el animal podía comer pienso pagando 3 pesetas y, si no, paja por una peseta. Paja y cebada no faltaban y si se terminaban iban a comprarlas a Aranda.

      A la hora de comer o cenar, había plato único: judías, garbanzos, patatas,… Todos se sentaban alrededor del hogar y la abuela Margarita –que tenía fama de buena cocinera- repartía la ración.

      José María también nos refirió historias que a él le contaron. Como la de un tal Robustiano “Gancho”, guarrero de Valladolid que a finales del siglo XIX venía a vender tocinos por los pueblos de la redolada. Era costumbre que la gente le comprara los animales en abril o mayo y viniera a cobrar en Navidades las 40 o 50 pesetas de cada cochino. Fue en una de esas ocasiones cuando por “las carreras” le salieron tres del pueblo con trabucos. Como “el guarrero” debía ser duro de pelar, en la pelea los calcenarios se animaban entre sí llamándose por el mote. Torpeza que pagaron, porque “el guarrero” escapó a uña de caballería y llegó al pueblo. Avisados el juez, Fulgencio Pérez Villaroya, y el alcalde, Crescencio Caballero, mandaron montar guardia en San Roque, en la Virgen, en el Cementerio y el Valdeherreros. Como podéis suponer, los cogieron. Otro año, “el guarrero” tras vender todos los tocinos, vio que uno de los compradores aún no le había pagado el del año pasado. Ni corto ni perezoso, fue a casa del moroso y se llevó el tocino que le acababa de vender.

      En el año 1950 o 1952 pasó la Virgen de Fátima por Calcena. El Ayuntamiento le dijo a la abuela Margarita que hiciera comida para mucha gente. Aún no ha cobrado.

      En tiempos, los caminos no eran seguros por lo que algunos tratantes le dejaban a la abuela Margarita “las perras” que iban recogiendo por los

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