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El Eco del Isuela nº 26

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no sé si llegó a cumplir. Cuando llegó la guerra conoció a mi padre, Tomás Lejárraga. Se casaron trasladándose a vivir a Cariñena, donde descansan en paz.

Mientras fuimos pequeños, íbamos a Calcena todos los veranos; si mi padre no podía llevarnos hasta el pueblo, nos dejaba en la estación del ferrocarril de Morata, y un autobús (con una escalerilla por la parte trasera que subía hasta la “vaca” donde iban los equipajes) nos trasladaba hasta Calcena, después de ir dejando a la gente por los pueblos del itinerario. Era un viaje alucinante para mis hermanos y para mí.

Recuerdo que un año, (sería alrededor del 1956) estábamos en Morata todos los viajeros esperando el soñado autobús, cuando se presentó en su lugar una camioneta, puesto que el autobús se había averiado. Allí nos subieron a todos y fue como ir de “safari” por aquélla carretera de tierra llena de curvas y de sobresaltos. ¡Fue genial!; pero al llegar a Trasobares nos hicieron bajar a todos. Así que mi madre se puso en contacto con unos familiares que nos dejaron varias caballerías y uno de sus criados para que nos llevara hasta Calcena. ¡Qué odisea!; faltando poco para llegar, desde la curva que ya se divisa una torre de la iglesia, mi hermano Carlos se puso tan contento que atizó a su caballo (que llevaba, además, todo el equipaje) y el pobre animal desbocado, salió pitando al estilo de Indiana Jones. Así entramos en el pueblo aquél año, como si fuésemos forajidos.

Vivíamos en la casa del “Salobral”(que no sé si se escribe así); y todos los corrales  de alrededor eran de la familia: del tío Arcadio, del tío Vicente, del tío Pepe..., así que por las mañanas nos despertaban los balidos de las ovejas: ¡beee, beee, beee....! Y ya, todo el día por ahí; al río...

Recuerdo unas ollas enormes cociendo espliego... que desprendía un olor a “heno de pravia” que invadía todo el pueblo. Íbamos al corral de Luis y Ángel (los hermanos de la Teofila) a ver a los “choticos” recién nacidos.

Cuando ya era un poco más mayor, si estaba mi tío Segundo (que tenía 10 años más que yo y se atrevía a hacer cosas más gordas), le quitábamos al tío Darío una yegua y, sin montura ni nada, sólo con la cabezada, salíamos al galope de la cuadra llevándonos por delante todo lo que hubiera. Luego nos castigaban, pero... ; otra vez nos metimos a una bodega de un familiar a “probar” vinos. Siempre había alguno mejor que el anterior; recuerdo uno que lo debían de cocer, así que estaba delicioso y entraba... ¡como el agua!. Parece que algún susto les dimos, pero nosotros entrábamos en una especie de letargo idiotizado del que no recordábamos nada.

Por las tardes nos juntábamos mi madre, mi tía Anita y yo a hacer labores; todavía tengo por algún sitio una mantelería roja con las flores de cordón blanco... Desde la casa del tío Pepe había una vista preciosa.

Y la trilla..., y los segadores... ; contaban cientos de anécdotas mientras se pasaban el porrón, después de la cena. Entonces no había luz eléctrica y sólo la daban un rato por la noche.

Mi madre me enseñaba la iglesia, los santos... ; aquí rezábamos a la Sagrada Familia, allí a S. Roque para que nos librara de las enfermedades. A la salida íbamos a ver a la Felisa, la madre de Ángeles, que había sido niñera de Carlos; pasábamos por la casa de la tía Pascuala, del tío Arcadio... Pero por el camino nos parábamos con todo el mundo; parecía que todos la querían: ...”Elenica, maña,...” (besos y besos...)

Era muy alegre; era feliz.

La última vez que quiso ir a Calcena, ella ya sabía que se estaba muriendo; sin decirnos nada, se despidió de todos y de todo. Fue una época (1964) en que Calcena estaba destrozada, con muchas casas hundidas; parecía que no iba a tener solución, lo que hizo que la despedida fuese más triste.

Seguramente desde donde esté, habrá podido ver cómo un grupo de jóvenes calceneros ha evitado que la ruina terminase con su pueblo haciéndole resurgir como el ave Fénix. Y, seguro que estará feliz.

                           Isabel Lejárraga Modrego

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