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El Eco del Isuela nº 26

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La historia de Calcena es la historia de sus hijos;  de los calcenarios. El Eco del Isuela llega a muchos sitios de España, pero nos llamó la atención que un calcenario viviera en Montluçon, Francia, Por ello, le pedimos a Pablo Lacueva Tejero que nos contara su historia, porque es parte de la historia de Calcena.

 

 

De izda a derecha y de abajo arriba: nietas Pauline, Pattingre, Laura Busiere y Thalis Busiere. Marie Carmen Lacueva (hija), Michel Pattingre (yerno), Marie Terréese Lacueva ( hija), Pablo Lacueva, Francisca Gracia (esposa), Mariano Gracia (cuñado) y Patrik Busiere (yerno), que nos hizo la foto..

 

Infantil de Calatayud, donde permanecí hasta los diez años en que me trasladaron al Hogar Pignatelli de Zaragoza, gestionado por la Exma. Diputación y al cuidado de la Hermanas de la Caridad de Santa Ana, que nos trataban con amor y cariño, como ángeles protectores. Mis familiares, tíos y primos, no dejaban de venir a verme, cosa por la que les tengo eterna gratitud.

            Cuando terminé los estudios secundarios y llegar a los 14 años pasé a aprender el oficio de carpintero. El primer día caí con buen pie, pues el maestro, que era concienzudo y muy bueno, era de Aranda de Moncayo, me cogió con mucho interés, y a mí no me faltaban voluntad ni motivación.

 

La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.

Gabriel García Márquez

 

Montluçon (Allier) 20 de enero de 2003

… a pesar de estar lejos, y que pronto van a hacer 50 años que salí, jamás olvido a Calcena y lo tengo siempre en mi memoria y en mi corazón. Me siento feliz con los recuerdos de ese querido pueblo. Todo me gustaba, y me gusta, sus casas, sus gentes, su majestuosa iglesia, donde fui bautizado, la Virgen del Rosario, Santa Constancia, la ermita de San Cristóbal, que tantas veces me hacía recordar a mis tíos y familiares. Siempre serán para mí y los míos el refugio de protección.

            Lo bonito que era y es su paisaje. Desde lo alto se ve toda la carretera, la fuente con sus aguas claras y cristalinas, donde iban las mozas del pueblo a llenar sus cántaros que, en la cabeza o en las caderas, subían cuesta arriba hasta la plaza donde está el frontón. Los mozos jugaban a pelota vasca con inteligencia y bravura y al paso de esas mozas tan guapas y valientes, con su carga, se paraban para dejarles pasar, reconociendo su mérito y sacrificio de subir la cuesta con más de 30 kilos con tanta habilidad, hasta llegar a sus casas. Era una época de muy buen ambiente, de respeto, buenos principios y de educación, en un pueblo muy trabajador y solidario como Calcena.

            ¿Cómo he venido a parar a Montluçon? Pues le diré que mi deseo no era emigrar para buscar fortuna, ni aventuras, ni trabajo, ni mucho menos por política. El trabajo no me faltaba en Zaragoza, donde tenía una plaza fija de funcionario en la carpintería de la Exma. Diputación Provincial, donde no faltaba nunca el trabajo…pero el destino es así, te acompaña en ese caminar que es la vida.

            Cuando a los tres años murieron mis padres, mis familiares me ingresaron en el Hogar  

 

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