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El Eco del Isuela nº 29

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sermón desde el púlpito por algún sacerdote importante de la Diócesis, posiblemente canónigo de la catedral de Tarazona. A continuación, procesión con la reliquias de Santa Constancia y Santa Úrsula, saliendo por las calles acompañadas bajo palio por los vecinos y la banda de música del pueblo.

En la calle se bajaba a la plaza donde se organizaban partidos de pelota en el frontón. Había buenos jugadores entre los mozos y era el deporte más popular en los pueblos.

En la plaza había puestos de dulces y algún juguete, pitos, flautas de caña (teñidas de color morado) y pelotas con una goma que lanzaban y volvían a sus manos los chicos y chicas. Juegos inofensivos de cartas, tabas de hueso, y alfileres con cabezas de colores, eran los entretenimientos que pasadas las fiestas, llenaban los corrillos en las puertas o los patios de las casas.

Por la tarde había carreras de pollos desde la Tahona hasta la Ermita de la Virgen o al pajar del cura. Más cortas eran las de burros sin aparejo y montados a revés. También había carreras de sacos para los mayores y para los pequeños. Había carreras de huevos duros llevados en una cuchara en la boca.

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Podéis hacernos llegar los originales, con la seguridad de que los cuidaremos.

Los bailes se hacían en dos salas. Una en casa del Sr. Basilio con entrada de pago. Había baile todos los domingos y al estar junto a la carretera siempre estaba muy animada. Estaba cerca del paseo habitual de las parejas que buscaban intimidad en los malecones de protección de la carretera que les servían de asiento. Era el único parque que entonces había para los romances que cada año salían en las fiestas ¿qué matrimonio no ha bailado en ella?

La otra más importante y popular por su capacidad durante las fiestas era “El Trinquete”, un antiguo frontón en la calle Mediavilla. "EL Trinquete” era una sala espaciosa que tenia el techo muy alto, tan alto, que había ventanas de las casas pertenecientes a la calle Trascasas. Se utilizaba solamente durante las fiestas muy concurridas y después de terminar la hoguera y el baile en la plaza en la que actuaba la banda de Calcena que había entonces, formada por un grupo de grandes aficionados que lo hacían muy bien.

Por la noche en la plaza se hacía una gran hoguera y había baile popular. Era un acontecimientode primera línea, especialmente para aquellos que lograban un puesto en la paletilla. Recuerdo haber presenciado allí alguna quema de fuegos artificiales. Finalmente, ronda por las calles acompañando a las cuadrillas de mozos que tocando con guitarras y bandurrias paraban en las puertas de las casas, donde había mozas casaderas que obsequiaban a los rondadores con pastas caseras y bebidas, por la alegría de ser elegidas y los rondadores competían entre sí con los diferentes estilos de jotas que cantaban. Al día siguiente estas rondas servían de comentarios alegres entre los vecinos.

Durante las fiestas, en las casas había un buen ambiente familiar y no había problemas de espacio como ocurre hoy;  todos cabíamos en la casa y éramos bienvenidos.

La visita  a las bodegas era obligatoria. Todos los días se hacían meriendas y cada propietario obsequiaba con su mejor caldo para demostrar la calidad de sus uvas y su habilidad para cuidarlo y siempre había una cata especial para los visitantes.

Merecen mención especial la llegada del coche de la línea Morata-Calcena-Purujosa. Lleno de viajeros hasta la baca y que realizaba un buen servicio en aquellos tiempos, especialmente a los vecinos que se desplazaban a trabajar o a realizar compras en otras poblaciones.

Mi recuerdo también para la tienda del Sr. Jorge, donde siempre había jabón de trozo para lavar la ropa en aquellas losas planas que había en el río, y comestibles, especialmente aquel abadejo seco lleno de agujeros que tanto sabor daba a las patatas guisadas en la sartén y hechas en la Oujosa.

Y aquel estanco del Sr. Severino que era un bazar ya que en él encontrabas artículos muy variados para todos; lo mismo de belleza, costura o material de escribir, sellos, postales con parejas de novios y tabaco de racionamiento.

Las mozas bajaban por agua a la fuente y la llevaban a las casas en cántaros de barro o de zinc, algunos de los cuales llevaban en el cuello una placa de metal amarillo (latón) con el nombre de su dueña. Tenían una gracia especial para transportarlos en la cabeza. Ello era el centro de atención de los mozos que las veían pasar por la plaza con sus delantales limpios y su cántaro en la cabeza o el ancón (como allí decían) cuando subían de la fuente.

Así recuerdo aquellas Calcenadas que pasaba durante las fiestas, y más.

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