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El Eco del Isuela nº 3

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Pero sigamos con el Día de Reyes. El día era magnífico. Todo el mundo estaba contento con la nieve. Salíamos a la calle cuando estábamos listos. Un silbido especial imitando el gorjeo de un jilguero era la contraseña. Nuestros padres y hermanos también conocían nuestras contraseñas. - Te llama fulano o zutano. Al instante estábamos cuatro o cinco amigos juntos. Nadie sabía lo que íbamos a hacer. Alguien adelantaba: - ¿por qué no vamos a las eras a tirar bolas ?. Otro: - ¿ por qué no a las bodegas del Castillo ?. Dicho y hecho. En un santiamén estábamos todos en el Castillo. Por la nieve sin pisar se andaba muy bien.

 

 

     Allí nos juntábamos con los del Barrio Alto. Cada uno preparaba una bola lo más grande que podía. Luego las juntábamos todas. Entre todos la hacíamos rodar hasta el pretil. La bola era tan alta como nosotros. Muy pesada. Como podíamos le dábamos la vuelta.   ¡ Era magnífico !. La bola caía poco a poco arrastrando cuanto pisaba, engordando.. engordando hasta que se precipitaba en el vacío. Luego daba un golpe seco y se esparcía en cien pedazos taponando la carretera. El sol se encargaría en poco rato de quitarla.

 

 

     Después nos acercábamos a la puerta de la Iglesia para esperar la hora de la misa. En el Cementerio Viejo, como lo llamábamos a la puerta pequeña, los más atrevidos se entretenían tirando bolas sobre las bocas de las chimeneas de las casas de abajo. Si alguno acertaba con el agujero ya podíamos correr. Nos salvaban las piernas. Si alguno se dejaba ver, en cuanto volvíamos a la escuela ya sabíamos lo que nos esperaba: un buen rato de rodillas y con los brazos en cruz o unos varetazos con la regla.

 

 

     Durante las tardes, los que ni iban de caza, íbamos al teatro. ¡ Sí, sí, al teatro !. Había un grupo de chicas que en una casa vieja (la casa del tío Chulo le decían) que había junto a la Cueva, hacían comedias. Cobraban una perra gorda por la entrada y despachaban al que no se comportaba con respeto. Ellas se hacían los guiones y los representaban. Pequeños sainetes de ocho o diez minutos de duración. Entre actos cantaban y bailaban. Mientras, otras se disfrazaban del personaje que iban a interpretar a continuación. Nosotros aplaudíamos. Supongo que nos gustaba porque al domingo siguiente volvíamos otra vez.

 

 

     Al anochecer, cada uno se marchaba a sus ocupaciones: recoger cabras. echar a los animales, buscar paja en los pajares, etc.

 

 

 

Antonio Tormes. 1959.

 

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