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El Eco del Isuela nº 30

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Calcena: La nieve en los años 30. Luis Ruiz

Posiblemente, la mejor publicación de Calcena del siglo XX, es la de marzo de 1992,  primer numero del Eco del Isuela. Considero que los que hemos nacido en Calcena, los descendientes y habitantes de este pueblo, tenemos una deuda de gratitud  para con los pioneros de esta publicación. En la primera página de este boletín se demanda información que acerque la historia y tradiciones de nuestro pueblo a los más jóvenes.

      Lo mío no son las letras, pero dejando mis complejos aparte, creo que debo aportar al boletín esa pequeña parcela que son las vivencias de mi niñez, ya que forman parte de la  historia y tradiciones que viví en Calcena.     

      Cuando yo nací este pueblo no era cualquier cosa. Pocas horas antes había nacido Ángel, el pastor, el mismo día nació una niña, Mariluz, y el resto del año fue muy prolífico. Con el tiempo llegamos a juntarnos como quince o dieciséis quintos, y sabemos que como mínimo había otras tantas mozas.

      Por aquel entonces los inviernos eran muy crudos, las nevadas eran terribles a principios de marzo. El día que yo nací, en la calle de encima de la plaza había un manto de nieve superior al medio metro.

      Al contrario de lo que pueda parecer, la vida durante las nevadas era muy relajada. Al llegar la noche, los familiares y vecinos se reunían en sus casas para hacer las “trasnochadas”. Durante las trasnochadas, nos reuníamos en casa de algún vecino para desgranar las mazorcas del maíz, las vainas de las judías secas o los garbanzos, y sobre todo para desgranar lo acontecido en el pueblo y en la comarca, o para saber qué había dicho el cura en el sermón del domingo. (Entonces no había tele)

      El ambiente era de lo más apacible. Los abuelos de la familia nos explicaban las odiseas de los pastores con los lobos, y las historias de los salteadores de caminos. Historias que, algunos de ellos, habían vivido en primera persona. Los mayores se iban pasando la bota del vino y entonces se entraba en competencia, de quien tenía mejor situadas las viñas y en consecuencia tenía el mejor caldo, o quién tenía que afanarse en darle leña al vino porque se le estaba avinagrando. Mientras tanto, los pequeños partíamos  almendras, nueces o comíamos ”mostillo”, en ocasiones nos daban higos secos o azarollas. En ese tiempo aún no se habían inventado las tiendas de chucherías.

 


Cuando persistía la acumulación de nieve durante muchos días, el hambre hacia acudir al pueblo una gran cantidad de pajarillos del monte. Algunas variedades debían ser migratorias, porque no las habíamos visto nunca. Nosotros no teníamos ese problema. La última planta de la casa, debajo del tejado, era una despensa donde se almacenaban patatas, judías, trigo, jamones y todos los derivados del cerdo. ¿Y el pan? Tampoco era un problema. Nuestro trigo, el que se cosechaba en nuestros campos, se segaba en verano con mucho esfuerzo, y lo habían molido nuestros molineros de Calcena. En las casas se cernía la harina, se amasaba el pan y se llevaba al horno. Pagando una modesta cantidad, el hornero cocía el pan para una semana o diez días. En nuestro caso se cocía en el horno de la tía Elisa. 
Aún cuando la nieve sobrepasaba la altura de un metro, no se consideraba un problema como en la actualidad. Bastaba tener una pala para abrir camino hasta la ca sa del vecino. Él continuaba limpiando su trozo y luego entre todos se hacia el camino asta la cantina. Algunos más piadosos abrían el camino asta la iglesia.
Los beneficios de estas nevadas fueron durante siglos la riqueza de Calcena, la calidad de sus pastos, la abundancia de fuentes y la gran cantidad de rebaños crearon la vida y sostén de este pueblo. Testigos innegables de la riqueza y pujanza que tuvo el pueblo, son la gran cantidad
de corrales, hoy en ruinas, que se pueden contemplar a lo largo y ancho de su término municipal. Sabida la importancia que tuvo la lana en siglos pasados, podemos valorar cuán alto fue el nivel económico de Calcena. 
Me considero afortunado porque, aunque ese modo de vida hoy en día está en decadencia, he vivido parte de ese pasado inmediato.

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