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El Eco del Isuela nº 30

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100 ES LA META

 

 100 personas con derecho a voto, es nuestra meta

 

Cien personas dadas de alta en el Padrón Municipal y en el Censo Electoral de Calcena. alcanzando esta cifra, volveríamos a tener concejales , aumentaría el peso político del ayuntamiento, las decisiones podrían ser colegiadas y se podrías repartir tareas.

              Cien personas empadronadas e incluidas en el Censo Electoral, circunstancia ésta última que debiera ser consecuencia directa del alta en el Padrón Municipal. En cada convocatoria a urnas hay que comprobar las listas del Censo electoral expuestas o los datos de la tarjeta censal. Si se detectaran errores, es necesario solicitar su corrección en el Ayuntamiento de Calcena, dentro de los plazos establecidos. Fuera de estos, existe la posibilidad de solicitar un certificado de empadronamiento en el Ayuntamiento de Calcena y con él acudir a las Juntas electorales o Juntas Municipales para pedir el cambio de lugar de votación y la inclusión en el Censo electoral de nuestro pueblo.

  En las últimas elecciones europeas, el censo electoral de Calcena era de 82 personas. Faltarían unas 20 más. Sabéis que vivir en un sitio y estar empadronado en otro no supone problemas, ni siquiera para la escolarización de los hijos, pues basta con el domicilio de uno de los cónyuges.

              Por todo lo expuesto, os animamos, os pedimos que solicitéis vuestro empadronamiento e inclusión en el Censo electoral del Ayuntamiento de Calcena.

              100 es la meta

 

LA PAJA, LA BRASA Y LA ALUBIA.

           Vivía en un pueblo una anciana que habiendo recogido un plato de alubias se disponía a cocerlas. Preparó fuego en el hogar y para que ardiera más deprisa, lo encendió con un puñado de paja. Al echar las alubias en el puchero se le cayó una, sin que ella lo advirtiera, y fue a parar al suelo, junto a una brizna de paja. Al poco, un ascua saltó del hogar y cayó al lado de las otras dos. entonces, abrió la conversación la paja:

.- Amigos, ¿de donde venís?, y respondió la brasa,

.- ¡Suerte que he tenido, de poder saltar del fuego! a no ser mi arrojo, aquí se acaban mis días. Me habría consumido hasta convertirme en ceniza.

Dijo la alubia:

.- También yo he salvado el pellejo, porque si la anciana consigue echarme en la olla, a estas horas estaría ya cocida y convertida en puré sin remisión, como mis compañeras.

.- No habría salido mejor librada yo.- terció la paja. Todas mis hermanas han sido arrojadas al fuego por la anciana, y ahora ya no son más que humo. ¡Sesenta cogió de una vez para quitarnos la vida! Por fortuna, yo pude deslizarme entre sus dedos.

.- ¿Y qué vamos a hacer ahora? –preguntó el carbón.

.- Yo soy del parecer –propuso la alubia- que puesto que tuvimos la buena fortuna de escapar de la muerte, sigamos unidas las tres, en amistosa compañía y para evitar que nos ocurra algún otro percance, nos marcharemos juntas a otras tierras.

La proposición gustó a las otras dos y todas se pusieron en camino. Al cabo de poco, 

 

           

llegaron a la orilla de un arroyo y, como no había puente ni pasarela, no sabían como cruzarlo. Pero a la paja se le ocurrió una idea:

.- Yo me echaré de través y haré de puente para que paséis vosotras.

Tendiose la paja de orilla a orilla y el ascua, que por naturaleza era fogosa, se apresuró a aventurarse por la nueva pasarela. Pero cuando estuvo en la mitad, oyendo el murmullo del agua bajo sus pies, sintió miedo y se paró sin atreverse a dar un paso más. La paja se quemó con un chirrido y la brasa expiró al tocar el agua. La alubia, que prudente se había quedado en la orilla, no pudo contener la risa y tales fueron sus carcajadas que reventó. Allí habría acabado su existencia, pero quiso la suerte que un sastre que iba de viaje, se detuviese a descansar en el margen del riachuelo. como era hombre de común compasivo, sacó hilo y aguja y cosió el desgarrón de la alubia. Le dio las gracias del modo más efusivo, pero como el sastre había usado hilo negro, desde aquel día todas las alubias tienen una costura negra.

Maribel

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Un mico celoso no muy formal, vio su sombra en la pared y celoso su merced, antójasele un rival. de un salto, ¡salto fatal!, lanzase a él con fiereza, y aplastada la cabeza, dijo apretándole chichón: ¡Oh, cuan ciega es la pasión, que en lo más llano tropieza!

Maribel 

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