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El Eco del Isuela nº 34

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 EL ASNO Y EL CARDO

Lo primero que hizo el ángel cuando Herodes publicó su sangriento decreto fue, mediante un sueño, avisar a San José para que huyera con su familia. Luego despertó al borrico que dormitaba en el establo.
Levántate –le dijo desde las alturas. Debes llevar a la Virgen María y al Señor a Egipto.
Maldita la gracia que le hizo al borrico, de por sí poco dado a las cosas de santos y nada propicio a recibir órdenes, la orden angélica.
¿No puedes hacerlo tú? –le preguntó malhumorado al ángel. Tu tienes alas y yo tengo que llevar la carga a cuestas. ¿Y para qué precisamente a Egipto? ¡Tan lejos! continuó refunfuñando.
Cuanto más lejos, más seguro dijo el ángel.
La razón era de tanto peso que el asno ni rechistó. Al salir del Portal y ver la carga que San José le tenía preparada – ropas de cama para la madre, los pañales del Niño, un cofrecito con el oro de los Reyes, dos sacos de incienso y mirra, un queso, la carne ahumada que le trajeron los pastores, la cantara de agua… y además María con el Niño, ambos bien nutridos -el borrico empezó a hacer pucheros.
Siempre pasa los mismo con estos mendigos –pensó el burro -llegaron aquí sin nada y se llevan equipaje para cargar dos bueyes... y yo soy un burrito desmedrado, no un carro.
Y de verdad que tan cargado iba que cuando San José agarró las riendas para iniciar el camino, apenas se le veían las pezuñas al pobre borrico. Encorvó el lomo para acomodar la carga y dio el primer paso con mucha precaución, temeroso de que se le viniera al suelo la torre que llevaba a cuestas. Pero ¿qué extraño? de pronto sintió tan ligeras sus patas como si volara. Marchaba sobre troncos y piedras, en medio de la oscuridad, con paso juguetón y saltarín. Pero no duró mucho su contento, que así era de veleidoso e irritable aquel borrico.
.¿Es que se están burlando de mí? –refunfuño para sí. ¿No soy yo acaso, el único burro en Belén que puede cargar de una vez cuatro sacos de cebada?
Y enfadado se echó al suelo dispuesto a no continuar el camino.
-Si intenta pegarme –pensó-le tiro la carga al suelo. Pero San José no le golpeó. Metió la mano entre la ropa que cubría la cabeza del animal y le rascó suavemente las orejas.

 -Camina un poquito más –le dijo dulcemente. Descansaremos enseguida.


El asnillo suspiró y, halagado por la caricia inesperada, se puso en pie y reanudó la marcha. No cabe duda de que este señor debe ser un grandí simo santo –pensósi no ¿cómo iba a persuadir tan fácilmente a un burro tan burrísimo como yo?
Ya había entrado bien el día y el sol calentaba de lo lindo. San José decidió descansar a la sombra de unos matorrales espinosos que encontraron en medio del desierto. Descabalgó a María y al niño, descargó al burro y encendió el fuego para hacer un poco de sopa. El borriquillo observó toda la operación y aguardó a que le dieran su pienso, aunque con el propósito de rechazarlo.
-antes me comeré mi rabo que vuestra paja polvorienta –murmuró.

Pero no hubo pienso ni un puñado de paja. San José, con tantas preocupaciones, olvidó por completo la comida del . burrillo que, de repente, se sintió horriblemente hambriento y lanzó un rebuzno tan fuerte que San José miró asustado alrededor pensando que algún lobo se ocultaba entre las matas. Cuando la sopa estuvo apunto, todos se pusieron a comer. Comió María, comió San José y mamó el Niño. El burro era el único que permanecía en ayunas. Tristísimo miraba a todos sin una brizna de hierba que llevarse a la boca, ya que por allí sólo medran cardos entre guijarros y arena.
-Señor –gritaba el asno sin poder aguantar más- y lanzó un interminable discurso al Niño Jesús. Discurso de burro, pero inteligente, sagaz y enérgico, en el que, indignado, presentaba al Señor sus justísimas quejas.
-Ajj –rebuznó para terminar, rebuzno que quería decir algo así como “palabra de honor” o “he dicho”. El Niño escuchó todo el discurso del burro con mucha atención. se inclinó dulcemente, arrancó una rama de cardo y la ofreció al pollino.
-¡Bien! –dijo profundamente ofendido-¡ahora a comer cardos! -pero tú que eres tan sabio debes pensar lo que me va a ocurrir. Las espinas se me van a clavar en el estómago y moriré. Ya veremos entonces quién os llevará allí.
Y, furioso, mordió el agrio cardo. Pero enseguida quedo se estupefacto, con la boca abierta. El cardo aquel no sabía a cardo. Sabía mejor que la miel, mejor que las demás apetitosas verduras. El burro, una vez más, olvidó su rencor y bajó las orejas fervorosamente, actitud que entre los burros equivale a cuando los hombres cruzan las manos para orar.


Maribel

 

Entre Calcena y Oseja

sale un ratón sin orejas

a robar a Robustiano.

 Gracias a los de las tejas. (Oseja)

 

Oseja ya no es Oseja

Oseja es una ciudad

quién avisto por Oseja

pasar la electricidad. (Oseja)

 

Hombre refranero,

Hombre de poco dinero

(Oseja y Trasobares)

En Calcena fuiste rosa
en Trasobares clavel
y en llegando a Tierga
ya fuiste a florecer.
(Trasobares)


En Calcena desnudos
en Trasobares descalzos
en Tierga van escoritos
y en Mesones ya no es tanto.

(Trasobares)

 

El que se servilleta llega a mantel,
Dios te libre de él

(Oseja y Trasobares)

Las monjas de Trasobares
todas mean a chorrillo
menos la abadesa
que mea en un canastillo.

(Trasobares)

 

Trasobares tuvo un gran convento femenino del Cister, muy importante en la historia de Aragón. Quedan muchos restos, entre ellos la portada de 1531. VISÍTALO.

 

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